En mi última entrada comentaba el estupendo viaje a Madrid, y aunque hace un tiempo que lo publiqué, el viaje que ahora contaré no se separa temporalmente del primero. Básicamente debía volver el sábado a las 11 de la mañana a Valencia, estando aquí para la comida y partir por la noche hacia Barcelona, pero…no fue así.La verdad es que para llevar poco tiempo viajando con Renfe me ha tocado a mí el premio nada más empezar. Volviendo de Madrid, y a poco más de una hora para llegar a mi destino, se detiene el tren en el pueblo de Xátiva, se ha roto una catenaria y hay que esperar. Todo eso a las tres y media de la tarde, con 30 grados en el exterior, sin comer, y pensando en si me dará tiempo de llegar, ducharme y hacer la mochila para estar de nuevo en la estación de tren a las siete de la tarde, ¡qué locura!
Finalmente parece que se puede pasar, y tras casi dos horas esperando llego a Valencia. Hice la mochila tan pronto como pude, un par de bocadillos, bebidas, cámara de fotos, gorra, camisetas, y cosas para asearme. Sandra me espera en la estación, nuestro tren sale a las ocho de la noche, llego a tiempo pero…siguen los problemas con la catenaria, de nuevo a esperar. Pero no teníamos prisa porque la idea era llegar a Barcelona y esperar unas cinco horas en la estación de tren de Sants hasta que saliera el primer tren a Montmeló.
(Cabe mencionar que, al menos Renfe devuelve íntegramente el importe de los billetes si hay un retraso superior a una hora y media, que si fuera Spanair u otros, te dan un bono descuento del 25% para tu próximo viaje y: “hala, con Dios!”).
A las diez de la noche sale el tren y llegamos a la una de la madrugada a Barcelona, con la estupenda sorpresa de que la estación cerraba tras la última llegada, la nuestra, y abriría de nuevo sus puertas a las cinco de la mañana. Llega el momento pánico de…”¿y ahora qué hacemos?”; el señor de la estación nos indicó, sin mucha idea pero muy buena voluntad, cómo llegar a una pensión de la zona, pues aseguró que Sants no era un buen sitio para estar por la calle. Salimos en búsqueda de la misma y sólo dimos con ella gracias a una pareja que paseaba por allí con su bebé (a la una de la madrugada, sí, yo tampoco lo entiendo). Como era de imaginar, la pensión no tenía habitaciones disponibles, pero ante nuestra petición de alguna sala de estar o algo para estar sólo unas cuatro horas hasta retornar a la estación, aquél hombre se convirtió en nuestro ángel salvador, y nos ofreció quedarnos en la sala que tenía para ver la tele en el primer piso; encima estaba limpia, era amplia y tenía baño, calefacción y bastantes sofás. Yo aproveché para recostarme un rato pues Sandra había dormido un poco en el tren, y así una de las dos permanecía despierta; pero se ve que el sueño también pudo con ella, y sólo sé que cuando desperté habían tres chicos allí, supongo que llegando de fiesta. Empezaron a hacernos preguntas y ante la excusa de Sandra de “me duele la cabeza”, uno de ellos mandó a los otros dos a dejar de molestarnos, pero claro, él se quedó para continuar el interrogatorio. Las dos estábamos bastante asustadas pero afortunadamente, allí apareció de nuevo el que denominaré “Ángel de Sants”, para mandarlo a su habitación. Obviamente, luego no pudimos pegar más ojo, pero ya faltaba poco para las cinco de la mañana, así que nos aseamos un poco y tras dejarle algo de dinero a aquél señor en señal de agradecimiento, nos vamos a la estación de tren y allí, cogemos el tren a Montmeló rodeadas de aficionados que también se dirigen al Circuito.
Ya todo está bien, con toda esa gente que va a lo mismo que tú viajas tranquila. Todos nos acompañamos en el camino; empieza a amanecer mientras subimos la cuesta previa al acceso del área oeste, es gracioso ver a los aficionados cargados con la sombrilla, la nevera,…, en plan pic-nic.
Entramos al circuito y buscamos la tribuna P, te sientas tranquilamente, primeras fotos, el safety car dando vueltas con el que empiezas a hacerte una idea de las partes que se ven, no está mal, final de una curva, inicio de otra, y por detrás, primera curva del final de la recta de meta.
La gente va llegando, mientras tanto GP2, Porsche Supercup, y una afición volcada y con ganas de fiesta. Cuando ya está todo prácticamente lleno toda mi tribuna hace temblar las gradas pateando todos en el suelo, hace la ola una y otra vez, haciendo un juego con los aficionados de la Pelouse situados enfrente, que también la hacen, cantan el “Chiki-Chiki”, y el “Hola Don Pepito”, dirigidos por un par de animadores improvisados provistos de megáfono. Nos lo estábamos pasando en grande, supongo que los 132600 que habíamos allí.
Por fin salen los coches de Fórmula 1 a formar parrilla, pasa Alonso y los decibelios se disparan. Empieza la carrera segundo y sólo es adelantado por un Ferrari, no está tan mal. Oigo la radio del circuito mientras hablo por teléfono con María, Rayco, Silvia,…, pero llega la mala noticia, se ha roto el motor del R28 de Alonso, abandono y tras acercarse al público, pasa con la moto por delante de nosotros. Fue un chasco, sí, pero aunque él no acabara pude vivir de nuevo el mejor ambiente que he visto en toda mi vida. Tres años después, echando de menos a la compañera de la primera ocasión, pero muy bien.






